Querétaro celebra cena de ‘Los Conspiradores’
El Hotel Plaza de Armas fue testigo de una velada de época entre gastronomía, cultura y enoturismo que deleitó a los asistentes con la historia de Querétaro.

Por: Héctor Meza
Entre las paredes del Hotel Plaza de Armas, en pleno corazón de Querétaro, ocurrió una noche que parecía arrancada de los anales de la historia: “La Cena de los Conspiradores”.
La velada comenzó en las escaleras del Hotel Plaza de Armas, donde un par de guardias con trajes virreinales aguardaban con semblante solemne. Sus espadas relucían bajo la luz de los candiles y sus voces retumbaban en la cantera:
“Bienvenidos, damas y caballeros. Esta noche, la historia os reclama”. Los asistentes, entre risas nerviosas y curiosidad, se sabían ya parte de una conjura.

Al subir las escaleras, el resplandor de un candelabro y el eco de pasos sobre cantera dieron la bienvenida a los invitados, mientras un grupo de damas y caballeros ataviados con trajes de época sonreían con picardía, como si ocultaran secretos que solo se revelarían entre copas de vino queretano.

La velada, orquestada en colaboración con Casa Concheros, no fue una cena cualquiera, sino una travesía sensorial que transportó a los asistentes a los albores de la Independencia.
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Doce actores, encarnando a personajes de la conspiración, se movían entre las mesas con el aire solemne de quienes traman un futuro distinto, aunque no faltaban las miradas traviesas, ni los guiños que recordaban que, aun en tiempos de conspiración, el placer de la buena mesa tiene su lugar.

Los conspiradores se mezclaron entre las mesas, soltando frases de época como migajas de secreto: “Callad, que las paredes oyen”, “La patria aguarda tras esta copa”, “Pronto, llegará el momento”. Los invitados, divertidos y seducidos, aceptaban el juego: ser cómplices de una historia que se bebía y se mordía más que contarse.
Bajo la dirección del chef Israel Soriano, de Casa Concheros, los primeros tiempos llegaron como guiños sabrosos. Una tostada arriera, crujiente y audaz, abrió boca con el descaro de los platillos de rancho que saben a tierra y camino.

Después, una crema de camote amarillo, tersa y envolvente, que acariciaba el paladar como secreto bien guardado en cocina conventual.

El tercer acto fue el esperado: el chile en nogada, servido como estandarte de la velada, una receta de tradición para Soriano y además se integró como parte del Festival del Chile en Nogada, dirigido por el chef Jorge Orozco.

La nogada blanca descendía como caricia de seda; la granada, roja y vibrante, estallaba como pólvora libertaria; el verde del chile recordaba que la patria, incluso en la mesa, ondea su bandera. A su lado, el vino queretano, travieso y seductor, aflojaba lenguas y multiplicaba carcajadas.
Cada bocado, acompañado de vinos del terruño queretano, en este caso el Vino Q, que promueve el Clúster Vitivinícola de Querétaro y el cual reforzaba la sensación de que la historia no se contaba desde un escenario, sino que se bebía y se degustaba en cada copa y cada plato.

Cuando parecía que nada podía superar aquel grito gastronómico, llegó el dulce desenlace: un pastel de requesón con mermelada de xoconostle, que equilibraba suavidad y acidez con la coquetería de un postre que no pide permiso. Un final que dejaba en los labios la promesa de un regreso.

Y entonces, el momento teatral: el descubrimiento de la conspiración. Un silencio solemne cayó sobre el salón, hasta que desde lo alto del balcón en el patio principal resonó el pisotón de Josefa Ortiz de Domínguez.
El eco retumbó en la cantera como trueno de insurrección. Con voz firme y mirada ardiente, gritó: “¡La conspiración ha sido descubierta!”. Los asistentes contuvieron el aliento; el juego se volvía historia, y la historia, presente palpitante.
La figura de Miguel Hidalgo apareció entonces, desde lo alto también, con voz que mezclaba sermón y brindis: “¡Acabad con el mal gobierno!”.

Los actores replicaban, los invitados alzaban copas, y por un instante el salón se convirtió en campana de Dolores. El pasado y el presente brindaban juntos, sellando con vino lo que una vez se firmó con pólvora y sangre.
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Al concluir la velada, los aplausos se mezclaron con suspiros y risas cómplices. Porque esa noche, en Querétaro, no solo se recordó la independencia: se conspiró con placer, se tramó con picardía, y se celebró con chile en nogada y vino en los labios.

El eco del pisotón de Josefa todavía vibraba en la cantera cuando los últimos invitados salieron. Y quizá alguno, entre copa y copa, pensó que la libertad se conquista así: con fuego en la voz, pero también con el dulce secreto de una mesa compartida.
