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Socios de Skål viven el viaje más inesperado sin salir de la mesa

El hotel Camino Real Aeropuerto ofreció una experiencia gastronómica a oscuras que reunió a los líderes del turismo de Skål Ciudad de México.

Por: Héctor Meza

Hay rituales que sobreviven al paso del tiempo: el brindis, la sobremesa que se prolonga más de lo previsto y la costumbre de hablar de viajes entre quienes han hecho del turismo una profesión y una forma de entender el mundo. Lo inusual es que un grupo de dirigentes turísticos acepte, voluntariamente, renunciar al sentido que más explota su industria: la vista.

Y, sin embargo, ahí estaban.

Socios de Skål Ciudad de México —esa singular cofradía global donde hoteleros, operadores, restauranteros, agentes de viaje y promotores de destinos comparten algo más que tarjetas de presentación— se reunieron en el Hotel Camino Real Aeropuerto para participar en una experiencia gastronómica que desafiaba una de las grandes obsesiones de nuestro tiempo: verlo todo.

Porque en la era de las fotografías instantáneas, los videos de quince segundos y las historias que desaparecen en veinticuatro horas, alguien propuso lo impensable: cenar sin mirar.

La sala estaba sumida en una penumbra cuidadosamente diseñada. Las mesas aparecían como pequeñas islas iluminadas en medio de un océano negro. Los asistentes, provistos de antifaces, parecían por momentos personajes de una novela de espionaje y, por otros, cómplices de una travesura colectiva.

La vista —esa dictadora silenciosa de los sentidos— quedaba desterrada del banquete. Entonces aparecían los otros.

Y fue con la llegada del primer plato cuando la experiencia adquirió otra dimensión. Surgieron las risas nerviosas, las manos avanzando con cautela sobre la mesa y preguntas que parecían sacadas de la infancia: ¿dónde quedó el tenedor?, ¿ya encontré el plato?, ¿lograré terminar la cena sin derramar algo? Por unos instantes, todos tuvieron que re aprender un acto tan cotidiano como comer.

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Incluso brindar se convirtió en una pequeña hazaña. Las copas buscaban encontrarse en la oscuridad mientras las carcajadas aparecían al menor roce equivocado. Lo que en una cena convencional pasa desapercibido, aquí se transformaba en parte esencial del espectáculo.

La ensalada de alcachofas con hojas orgánicas, tomates cherry, manchego de oveja y vinagreta de echalotte obligaba a descifrar ingredientes como quien reconstruye una ciudad desconocida a partir de sus aromas. Cada textura adquiría una importancia inesperada; cada crujido parecía una pista.

El plato fuerte llegó en forma de filete de res con polenta, espárragos y salsa bordelesa. Cortar la carne sin verla requería cierta confianza, pero la recompensa estaba en el plato: una pieza jugosa y precisa, acompañada por la suavidad reconfortante de la polenta y la profundidad clásica de la salsa.

Para entonces, las conversaciones ya habían cambiado de tono.

Los expertos en turismo, acostumbrados a hablar de ocupación hotelera, conectividad aérea y tendencias de mercado, discutían ahora sobre sabores, recuerdos y percepciones. La oscuridad había borrado jerarquías y expectativas. Todos compartían la misma condición: descubrir.

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El cierre correspondió a los petit fours: crème brûlée de vainilla, Saint-Honoré y una nube de pistache. Un desenlace elegante que recordaba que el refinamiento no está reñido con el placer.

Lo más interesante de la noche no ocurrió únicamente sobre los platos, sino alrededor de ellos.

Fue observar cómo una organización creada para fortalecer los lazos entre los líderes del turismo mundial encontraba en esta cena una metáfora perfecta del viaje. Porque viajar consiste, en buena medida, en abandonar certezas, confiar en lo desconocido y permitir que el asombro marque el rumbo.

Mientras la industria turística busca constantemente nuevas formas de sorprender a viajeros cada vez más difíciles de impresionar, el Camino Real Aeropuerto apostó por una idea tan sencilla como efectiva: apagar las luces.

Y en una ciudad donde todo compite por llamar la atención, la oscuridad terminó siendo la protagonista absoluta de la reunión mensual que además celebró el día del padre.

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