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Jueves Sagrado: la experiencia foodie en la Terminal 2 del AICM

El hotel NH Collection México City Airport T2 ofrece a través de su “jueves sagrado”, una experiencia Gourmet única para la gente en el aeropuerto el último jueves de mes.

Por: Héctor Meza

En el teatro contemporáneo del aeropuerto —ese espacio donde la humanidad ensaya su paciencia frente a la pantalla de “Delayed”— la gastronomía suele ser un trámite: combustible, no memoria.

Sin embargo, en la NH Collection México City Airport T2, incrustada con discreción estratégica en la Terminal 2 del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, alguien decidió que el viajero también merece redención culinaria. Así nace Jueves Sagrado, una cena de autor que ocurre el último jueves de cada mes y que propone, con elegante terquedad, que el aeropuerto también puede ser destino.

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La escena inicia con media luz —esa iluminación que favorece tanto al romanticismo como al jet lag—, pétalos sobre la mesa y una cantante que recorre el repertorio mexicano como quien pasa lista a la nostalgia nacional. Una copa de vino espumoso con manzana recibe al comensal: hospitalidad líquida para olvidar que, a unos metros, alguien corre porque escuchó “último llamado”.

Aquí la mexicaneidad no se declama: se emplata. Para cerrar febrero, la edición tuvo tintes románticos y una colaboración entre el chef ejecutivo del hotel y Alejandro Alanís, del restaurante Bronco Blanco.

El maridaje, estuvo a cargo de Cervecería Bohemia, bajo la guía de su embajador, Luis Carballo, quien tradujo cada sorbo en argumento.

El primer tiempo apareció con gesto ceremonial: una pata de king crab acompañada de alioli de jalapeño y una vela encendida, como si el crustáceo tuviera algo que confesar. La Bohemia Cristal hizo lo suyo: refrescar la solemnidad.

Después, un buñuelo de viento con tartar de atún —manzana marinada en ponzu, cremoso de aguacate, maracuyá, mango y acentos cítricos— recordó que la globalización también sabe hablar con acento mexicano y exaltar esos toques agridulces que fascinan a más de uno. La Bohemia Weizen, con sus notas frutales y especiadas, subrayó la conversación.

La tercera estación aterrizó con identidad: tostada de barbacoa con escamoles y salsa borracha. Tradición elevada sin perder barrio. La Pilsner acompañó con disciplina germánica y corazón nacional. Luego, una tortita de lechón con xnipec reafirmó que el cerdo, bien tratado, es argumento irrefutable.

El clímax carnívoro llegó con un New York tatemado, escoltado por Bohemia Vienna: malta profunda para carne con carácter. Aquí nadie pidió ketchup; la patria tiene límites.

El final fue lúdico y ligeramente barroco: una caja con símbolo de calavera que, al abrirse, reveló un gaznate de chocolate oscuro coronado con palomitas de chocolate. La Vienna reapareció para cerrar el círculo dulce.

El comensal, entre sorprendido y satisfecho, mira el reloj y por un instante considera perder el vuelo. No por imprudencia, sino por convicción.

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Jueves Sagrado confirma lo impensable: en la Terminal 2 también se puede comulgar con mantel largo. Entre anuncios de abordaje y maletas que ruedan con resignación, la alta cocina se permite un acto de fe. Y el viajero —ese nómada contemporáneo que todo lo documenta— descubre que, antes de despegar, aún es posible sentarse, brindar y creer.