La noche que Damilano conquistó la Ciudad de México
Con la fuerza elegante del Barolo como protagonista, Chiara Damilano llevó a Mattea una velada donde tradición, territorio y alta cocina dialogaron con absoluta precisión sobre la región del Piamonte.

Por: Héctor Meza
El descorche ocurrió con la solemnidad de un ritual contemporáneo. Las botellas comenzaron a abrirse mientras las copas giraban lentamente entre los dedos de los comensales, como si cada movimiento implicara una decisión importante y no simplemente el inicio de una cena.
En Mattea, la luz ámbar cae sobre las mesas con precisión escénica: ilumina apenas lo necesario, acaricia las etiquetas y deja que el resto lo haga el vino.
Al fondo, los muros cubiertos de botellas recuerdan una biblioteca silenciosa donde cada etiqueta parece custodiar una historia distinta del Piamonte.
Afuera, mientras tanto, la Ciudad de México continúa con su velocidad habitual, atrapada entre cláxones, pendientes y prisas interminables.
Tal vez por eso la experiencia resulta tan seductora: porque durante unas horas, junto a los vinos de Damilano, el restaurante consigue algo improbable en esta ciudad —suspender el tiempo.
La atmósfera mantiene una elegancia discreta: mesas impecables, conversaciones contenidas y ese murmullo refinado de quienes saben que ciertos vinos exigen atención más que espectáculo.
Entonces apareció Chiara Damilano, representante de una de las familias vinícolas más emblemáticas del norte de Italia, sosteniendo una botella de Barolo Cerequio con la naturalidad de quien ha crecido entre viñedos, vendimias y relatos transmitidos generación tras generación.
No hubo necesidad de grandes gestos. Bastaba observarla recorrer la mesa para entender que detrás de cada botella de Damilano existe una historia construida con paciencia, territorio y memoria.
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Hablar de la casa Damilano es hablar también de la historia moderna del Barolo, el célebre vino elaborado cien por ciento con Nebbiolo cuya transformación comenzó a mediados del siglo XIX bajo el impulso de la familia Falletti, marqueses de Barolo, responsables de convertir aquel vino dulce y espumoso en el tinto estructurado y complejo que hoy domina las grandes mesas del mundo.
La cena, diseñada por el chef Axel Vázquez junto con la sommelier Mirell Riviello de Importaciones Cantabria avanzó con una precisión serena, casi coreográfica.
El inicio llegó con un delicado carpaccio di pesce acompañado de manzana y notas cítricas que encontró equilibrio en el Langhe DOC Chardonnay “G.D.”: un blanco fresco, contenido y elegante que desmontó el viejo prejuicio de que el Piamonte pertenece exclusivamente a los tintos robustos.

Había tensión, limpieza y una frescura capaz de abrir el paladar como quien abre una ventana en una habitación demasiado cargada.
Después apareció el risotto ai funghi tartufati. Y con él, la trufa: ese aroma húmedo y profundo que la gastronomía convirtió en símbolo universal de sofisticación.

El Barbera d’Asti “Zero Sette” entendió perfectamente su papel en la escena. No buscó imponerse sobre el plato; prefirió acompañarlo lentamente, dejando que la fruta roja y la acidez envolvieran las notas terrosas del arroz.
Para entonces, la conversación ya había cambiado de ritmo. Las copas no estaban simplemente servidas: estaban emocionalmente comprometidas con la noche.
Pero toda gran cena italiana necesita un momento de contundencia. Y el clímax llegó con el Filetto di manzo tonnato acompañado por el Barolo DOCG Cerequio.

Fue ahí donde la mesa entendió el verdadero peso simbólico del Barolo. El vino cayó en las copas con esa densidad oscura de los tintos destinados a sobrevivir décadas.
Tabaco, cuero, frutas negras, estructura y tensión aparecieron lentamente en nariz y boca. No era un vino diseñado para agradar de inmediato, sino para imponerse con elegancia. El tipo de etiqueta que entra a una sala con la autoridad silenciosa de ciertos aristócratas europeos.
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El filete, cubierto por la untuosidad precisa de la salsa tonnata, encontró en el Cerequio un contrapunto magistral. Mar y tierra, potencia y acidez, músculo y delicadeza convivieron en un maridaje que parecía menos gastronómico y más cercano a una negociación perfectamente ejecutada.
En otra época, una mesa así habría estado dominada por hombres hablando demasiado fuerte sobre negocios y poder. Esta vez, el centro del relato pertenecía a una mujer sosteniendo el legado familiar sin renunciar a la modernidad. Y eso, dentro del universo históricamente conservador del vino, sigue siendo una revolución silenciosa.
El cierre llegó con un zabaione acompañado de Moscato d’Asti DOCG. La burbuja fina y ligeramente dulce devolvió ligereza a la mesa, como esas despedidas elegantes que nadie quiere apresurar. Las copas comenzaron a vaciarse lentamente y las voces bajaron de intensidad.

Afuera seguía existiendo la ciudad con sus pendientes, algoritmos y prisas cotidianas. Pero dentro de aquella sala todavía flotaba el perfume del Nebbiolo y esa certeza que dejan las grandes cenas: el lujo auténtico rara vez necesita exhibirse; casi siempre basta con saber contar una historia alrededor de una botella.
